El eje de su vida

Habla de su muerte sin miedo. Sabe que le tocará tarde o temprano. Una espera resignada. Al fin y al cabo, nacemos para morirnos algún día. Marta es nonagenaria. Sus escasas arrugas y su juvenil espíritu no lo reflejan. No se atisba la muerte en su ser. Sonríe mucho. Tiene un gran humor. Sin embargo, la muerte es el eje de su vida. Sólo ella consigue empañar sus pequeños ojos castaños.

 

El eje de su vida_Marta SierraA Marta no le hables del pasado. En varias ocasiones, durante nuestras conversaciones, le he oído decir que no se acordaba ya. Lo cierto es que no quiere revivirlo. Es doloroso. “De cosas tan lejanas no quiero acordarme -se le escapa reconocer alguna vez-.” Se acuerda. No quiere recordarlo. El pasado a veces nos hace daño. Cuando las muertes de quienes más has querido enmarcan ese pasado, aún más. Es como una pequeña astilla. Está clavada e incomoda.

 

Marta Sierra nació en 1916 en un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca. Villoria. Pronto ella y su familia se mudaron a otro pueblo. Babilafuente. Un acentuado deje charro le delata. Sin duda es salmantina profunda. Tuvo una infancia provinciana y feliz. Pero corta. La vida le tenía preparado un primer golpe. Un golpe que siendo una niña le sacudió fuerte. Dejó de ser una infante para ocuparse de llevar un hogar. “Era alta, no era de esas gordas (…) se hacía un gran rodete en el pelo, era muy maja (…) muy mañosa, cosía…- sonríe mientras recrea mentalmente la imagen de su madre-.” Se llamaba Catalina. Tenía cuarenta y pocos. Murió de erisipela cuando ella tenía once o doce años. “Nos estuvo diciendo que no nos lleváramos mal, nos leyó allí la cartilla, y aquella noche se murió, a las 12 de la noche”. Por aquel entonces, Marta era la segunda de seis hermanos. Eran un chico y cinco chicas. María, la mayor, estaba casada. Por eso le tocó a ella hacer las veces de madre. Lavar en el caño, cocinar en la lumbre, ir a un sitio y a otro. Me vuelve a decir que su memoria es mala ya. No quiere recordarlo.

 

Con el paso de los años también ella se casó. Con un chico del pueblo. Cristóbal. “Salíamos en pandilla. Al baile. A pasear. Éramos amigos.” Él se fue a la guerra y le escribía cartas. “¿Te han contado a ti esa guerra?” Se refiere a la Guerra Civil, claro. Afirmo con la cabeza. Cuando pregunto a Marta si conserva esas cartas, contesta de nuevo que no quiere el pasado. Pero continúa hablando de él. Muchos años de novios. Boda en Babilafuente a los veinte y algo. Sin detalles. No recuerda cómo era el vestido. Ni se acuerda de aquel anillo. Con su marido y sus dos hijos, Pepe y Mari, se mudó a Madrid. Vivían en el barrio de Lavapiés. Cristóbal trabajaba allí de policía. “Duró poco, era muy joven, estuvo ingresado en el hospital de Carabanchel, lo pagó todo la policía”. Marta se encontró de repente sola. Con dos niños pequeños. Pepe de seis años y Mari de cuatro. Ella cuenta como nunca le faltó de nada. “Me quedó la paga”. Se refiere a lo económico. Sin duda sus palabras reflejan el dolor de las ausencias. Le faltaba su marido. Su apoyo. Cambia de tema. No quiere recordarlo.

 

Volvió a su tierra. Salamanca. Allí los hijos de Marta se hicieron mayores. Estudiaron. Se casaron. Tuvieron sus niños. Parecía que los acontecimientos seguían el curso normal de la vida. Pero otro punto final se cruzó en su camino. Uno espera morir antes que su descendencia. Marta comprobó que no siempre sucede así. Mari, su hija, falleció por un cáncer. Miles de piezas componían el puzzle de su vida en común. Le quedaban tres nietos pequeños. Las circunstancias le situaban de nuevo como madre. Les cuidó y educó lo mejor que supo. Ya tenía experiencia. Uno de ellos era el vivo reflejo de Mari. “Era muy guapa -dice Marta enseñándome una fotografía-.” Tiene razón. Era muy guapa. Me cuenta lo bien que pintaba. Óleos de Mari visten las paredes de casa de su madre. Mira la instantánea que sostiene entre las manos. Se ve el mar. Intento adivinar dónde fue tomada. Como si no me escuchara, Marta me responde otra cosa: “Aquí ya estaba enferma. Se le nota en la cara”. Una tímida lágrima. Mirada perdida hacia al frente. No quiere recordarlo.

 

Otro personaje se incorpora al relato. Bueno, mejor persona. Esto no es ficción. Jesús era su segundo marido. Toda su vida y su quehacer diario. Estaba herido de guerra en la pierna y necesitaba la ayuda de Marta. Ambos apreciaban su recíproca compañía. Al enviudar tan joven, ella había rehecho su vida. Fue la figura paterna de sus hijos y nietos. Marta cuenta de Jesús que era muy listo. Él llevaba las cuentas de la casa. Leía siempre “La Gaceta” para estar informado. Le gustaban los toros y echar la partida. Salían juntos a pasear. Veían la tele. Y conversaban mucho. También Jesús dejo este mundo antes que ella. Creo que sin ser muy consciente de ello, Marta se encuentra relatando cómo. Fue una mañana. Él le llamó desde la habitación: “¡Marta!”. Ella acudió para ver que necesitaba. Le encontró en el pasillo. Apoyado en el marco de la puerta. Él sabía que era su momento. Marta le acercó una silla. Le ayudó a sentarse por última vez. Silencio. Es curioso, lo cuenta con detalle. Quizá por ser la muerte más reciente. A quien más extraña ahora en soledad. Con quien compartía todo. Con Jesús recorrió más de media vida. Le piensa. Le recuerda.

 

Marta Sierra puede decir que ha vivido. Es una bisabuela de carácter fuerte, trabajadora incansable y muy testaruda. Una abuela que no suele perder la sonrisa. Una madre que ha sacado adelante tres familias. Una joven de noventa y tantos que ahora espera la muerte sentada en una butaca. La muerte. Su pasado. Su fin. El eje de su vida.

Escrito en 2009, Marta ha fallecido el 24 de junio de 2014

Texto de Elsa Poveda, su nieta

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